Autor Mark Jarman con apoyo de Laura Ceballos
Ahora llamo a Bogotá mi casa. Y no lo digo como una frase para un brochure de marketing. Lo digo en el sentido literal: mi vida está aquí, y lo que significa trabajar en agricultura latinoamericana pasa por este país más que por cualquier otro. He trabajado en siete países de la región, desde la Pampa, Argentina hasta la costa ecuatoriana, y estoy seguro que no estoy escribiendo sobre la misma América Latina que muchas personas comentan desde afuera. Pero Colombia es el país que se queda en el alma de una manera en que los demás no lo hacen. Me asombra, me confunde y, a veces, me molesta, todo en una misma tarde. Es el país más contradictorio en el que he pasado un tiempo considerable, y eso es precisamente lo que lo hace tan interesante.
Nadie quiere enfrentarse a Colombia en un partido. Trabajo duro, intensidad, talento, verdadero espíritu de equipo, por ejemplo, Luis Díaz, un jugador que el mundo reconoce. Creció en Barrancas, La Guajira, un pueblo que la mayoría de la gente no puede ubicar en un mapa; pasó por Junior de Barranquilla, llegó al Porto y ahora está en el Bayern Múnich. Ese recorrido, de La Guajira a la Champions League, es profundamente colombiano: talento que surge de condiciones difíciles, que pueden derrotar a muchos, logrando abrir su camino sin perder lo que lo hace diferente. Luego está la generación que lo rodea: Muñoz en la defensa, pura energía y entrega, haciendo ese tipo de trabajo que gana partidos en los detalles. James Rodríguez marcando uno de los grandes goles contra Uruguay en 2014. El pelo de Valderrama y el escorpión de Higuita. Colombia siempre ha tenido personajes. La pregunta, como lo plantea Laura Ceballos de Agcenter, es si el sistema alrededor del talento está lo suficientemente bien construido para llevarlos más lejos.
Mi primera visita a Colombia fue en 2015. Fuí de Oxfordshire al Tolima rural, a los arrozales cerca de Saldaña, trabajando con Fedearroz, la Federación Nacional de Arroceros. No sabía nada de América Latina. Mi español era limitado. Llegué a un pueblo donde no es común ver extranjeros, y aun así los agricultores y el equipo local me hicieron sentir como alguien local. Estaban abiertos a aprender, a compartir y a me hicieron sentir bienvenido. Esa experiencia marcó todo lo que he hecho aquí desde entonces. La agricultura colombiana no está en el fondo. Es un sistema, y las personas que hacen parte de él son su mayor fortaleza.
Colombia me pasó al frente a mí en la calle el mes pasado. Un Tesla pasó al lado de un hombre que jalaba una carreta mientras recogía cartón. Sigo volviendo a esa imagen, porque dice más sobre las contradicciones de este país que cualquier informe económico. La innovación es real. Medellín pasó de ser nombrada la ciudad más peligrosa del mundo en los años noventa a ganar el premio del Wall Street Journal a la ciudad más innovadora. Ese recorrido, de capital del narcotráfico a modelo de innovación urbana, es directamente relevante para lo que la agricultura colombiana es capaz de lograr.
Una transformación de esa escala no ocurre por accidente. Requiere compromiso continuo y la voluntad de apostarle a una historia distinta cuando la anterior todavía hace mucho ruido.
Colombia tiene una diversidad biológica que la mayoría de los países solo puede soñar. Se puede comer una fruta diferente cada día, durante tres años y medio, sin repetir. Eso no es una metáfora. Las distintas zonas altitudinales del país, desde la costa tropical hasta el páramo, generan condiciones de cultivo durante todo el año de un rango extraordinario. El café es la historia global: 841.354 hectáreas cultivadas, con cerca de 730.000 personas empleadas directamente, y como Luis Diaz, hoy se reconoce por sus propios méritos y no como una simple materia prima. El café colombiano de origen único no necesita hacerse pasar por otra cosa. Viene de raíces trabajadoras, trabajó duro y se convirtió en lo que es.
De los 40 millones de hectáreas consideradas aptas para la agricultura en Colombia, solo alrededor de 7 millones están actualmente en uso productivo. El potencial es enorme, pero aprovecharlo implica resolver problemas que no tienen nada que ver con la calidad de lo que Colombia puede producir. El negocio de frutas de un amigo, que mueve producto orgánico desde un apartamento rural hasta Bogotá para exportarlo, tuvo que depender de buses públicos para llevar la mercancía al mercado. La cadena de frio apenas existe más allá de los principales centros urbanos.
Un país que podría abastecer de perecederos premium al mundo todavía lucha por sacarlos de la finca sin perderlos. Esa es la brecha contra la que trabaja el sector.
Laura Ceballos, Directora de Agcenter, trabaja en innovación agroalimentaria en Colombia. Lo dice directamente: Colombia no tiene un problema de tecnología. Tiene un problema de articulación. La ciencia existe. Las startups existen. Los productores existen. Lo que falta es conectarlos entre ellos.
La innovación llega a Bogotá y Medellín. Se discute, se celebra, se pilotea. No llega automáticamente a los Llanos, ni a Nariño, ni a la costa Pacífica, donde ocurre una parte significativa de la agricultura colombiana. Lo que Laura llama la mentalidad andina, la tendencia a que la toma de decisiones y los recursos se concentren en las capitales mientras la agricultura ocurre en otros lugares, es una limitación real. No un defecto cultural, es estructural, arraigada en brechas de conectividad, en el alcance insuficiente de las instituciones, y en el hecho de que el 81,1% de los productores agropecuarios de Colombia son pequeños agricultores que poseen apenas el 3,6% de la tierra.
La brecha entre lo que producen las instituciones de investigación y lo que llega al pequeño productor con tres hectáreas en el Cauca sigue siendo muy amplia. Pero aquí está el punto que Agcenter insiste en destacar y que la mayoría de los actores internacionales no ven: el riesgo no es solo que la innovación no llegue a los pequeños productores. Es que la innovación diseñada sin ellos pierde lo que ellos ya saben. Resiliencia, adaptabilidad, conocimiento territorial. Estos no son conceptos abstractos en la agricultura colombiana.
Son mecanismos de supervivencia diaria con un valor empírico real. El futuro de la innovación agroalimentaria aquí dependerá de qué tan bien aprenda el ecosistema a construir con los productores, no solo para ellos.
La mayoría de los modelos de agtech importados, cuando se enfrentan a territorios fragmentados, una logística difícil y economías de pequeños productores, fracasan, no porque Colombia los haya rechazado, sino porque nunca fueron diseñados para este contexto.Las empresas que logran permanecer entendieron eso desde temprano, normalmente en un pueblo rural que no esperaban visitar, y muchas veces haciendo amistades que no esperaban conservar.
Colombia solo necesita creer. No en la versión de afiche motivacional. Sino en la versión estructural: creer que la inversión en infraestructura llegará, que se puede construir esa capa de articulación, que la brecha entre un ecosistema de innovación de talla mundial en Medellín y una familia agricultora en los Llanos se puede cerrar, y que no es permanente. La Selección lleva esa posibilidad a cada torneo y se queda dolorosamente cerca. El talento no es la pregunta. Nadie duda de Luis Díaz. Nadie duda de que el café colombiano es de clase mundial ni de que la biodiversidad del país podría ser la base de una bioeconomía de una riqueza extraordinaria.
La pregunta es el sistema que rodea al talento. Ahí es donde está el trabajo. Y no es casualidad que sea la misma pregunta que toda empresa internacional que entra a este mercado tiene que hacerse sobre sí misma: ¿estás aquí para interactuar con el sistema tal como realmente es, o estás aquí para hablar del sistema que quisieras que existiera? Quienes logran permanecer en Colombia aprendieron esa diferencia desde temprano.
Yo soy una de esas personas. Los arrozales del Tolima en 2015 me enseñaron más sobre este mercado que cualquier informe que haya leído desde ese momento.
Si trabajas en agricultura colombiana, agtech o sistemas alimentarios y quieres hablar, estoy en Bogotá y podemos conversar. también conecta con Laura Ceballos de AgCenter. Puedes escribirme a mark.jarman@agritierra.com.
Subscribe to get the latest posts sent to your email.
© 2025 Privacy — Terms
Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.
